La convención de colonos que se reunió en San Felipe, en noviembre de
1832, no incluyó mexicanos. Austin la presidió e influyó para que en el futuro se
invitara a todos los colonos. La convención redactó una lista de "peticiones" al
gobierno mexicano. La abolición de la ley del 6 de abril que prohibía la entrada de
norteamericanos, el cierre de las aduanas abiertas y concesión de tres años más
de exención de impuestos, expedición de títulos de propiedad para los colonos
"ilegales" y la separación de Texas del estado de Coahuila. Hay que subrayar que
se trataba de una lista de favores y no de agravios, ya que habían recibido tierra
gratis, nunca habían colaborado con impuestos ni con el pago de las tropas que
los protegían de los ataques indígenas y Texas aún no llenaba los requisitos
fijados por la Constitución de 1824 para constituir un Estado aparte. En esta etapa
todavía había pocos partidarios de la anexión a los Estados Unidos, por ser más
liberal la política mexicana de tierras.
En enero de 1833 se reunió una segunda convención en San Felipe, en la
cual se redactó la Constitución del estado de Texas y se decidió que Austin viajara
a presentar la solicitud ante las autoridades federales. El Ayuntamiento de San
Antonio se negó a suscribir el documento por ignorar todas las instancias de
petición que ofrecía el sistema gubernamental mexicano. El delegado texano llegó
a la capital en un mal momento, pues el cólera hacía estragos entre la población y
los políticos estaban embarcados en las leyes reformistas contra la Iglesia y el
ejército. A pesar del apoyo que le ofrecía el vicepresidente Gómez Farías y de
contar con la simpatía de los radicales que dominan el Congreso, Austin se
impacientó y escribió una carta impolítica, nada menos que al Ayuntamiento de
San Antonio, instándola a organizar el gobierno de Texas, sin esperar la
autorización mexicana.
Poco después de este paso, el Congreso abolió la ley y aunque no accedió
a establecer el estado independiente "por el momento", prometió que el estado de
Coahuila haría reformas para promover mayor autonomía a Texas. Mientras tanto,
la carta había sido enviada por el Ayuntamiento al vicepresidente Gómez Farías,
quien ordenó la detención de Austin. Su prisión se extendió por más de un año,
tanto por problemas de jurisdicción como por los cambios de gobierno. Al hacerse
cargo del gobierno Santa Anna en abril de 1834, mejoró su situación e incluso
pudo publicar su versión sobre la
1835 pudo emprender el retorno que hizo vía Nueva Orleáns, donde aseguró
contactos para la defensa de Texas.
La declaración solemne de Independencia se hizo en Washington sobre el
Brazos, el 2 de marzo de 1836. Fueron elegidos David L. Burnett, presidente, y el
mexicano Lorenzo de Zavala, vicepresidente. Ante la noticia de esos hechos,
Santa Anna se aprestó a perseguirlos, pero lograron burlarlo. El descuido de los
mexicanos confiados por las victorias alcanzadas hizo que el 22 de abril cayera
prisionero el general–presidente Santa Anna y que en esas condiciones fuera
obligado a dar la orden de retiro de las tropas mexicanas más allá del río Grande,
el que sin fundamento fue declarado como frontera, a pesar de que siempre había
sido el río Nueces. La trágica e incomprensible decisión de Vicente Filisola,
segundo en el mando, de obedecer las órdenes del prisionero selló la suerte de
Texas, pues la penuria de la hacienda mexicana y la colaboración de los Estados
Unidos con los texanos imposibilitaron su reconquista. La lucha con Texas distó de
ser una simple guerra civil, ya que el apoyo semioficial y popular de los Estados
Unidos la convirtió en lucha internacional.
La declaración de neutralidad de Jackson estaba destinada a la conciliación
interna, pues temía incrementar las contradicciones entre Norte y Sur. Trató, en
cambio, de presionar a México con el pago inmediato de las reclamaciones
pendientes. El nuevo ministro Powhatan Ellis, apenas llegado a México en mayo
de 1836, amenazó con el rompimiento de las relaciones. La intervención
norteamericana más obvia fue la violación de la frontera que cometió el general
Gaines, con pretexto de prevenir la que podrían realizar las tropas mexicanas en
su lucha contra los texanos, a pesar de haberse ratificado el tratado de límites que
fijaba al río Sabinas como frontera. El ministro mexicano en Washington, Manuel
Eduardo de Gorostiza, elevó constantes protestas y, como no surtieran efecto, en
octubre pidió sus pasaportes. Antes de partir, publicó las notas intercambiadas con
el gobierno norteamericano, lo que fue considerado un insulto por la
administración norteamericana. Es posible que esas noticias, unidas a la falta de
respuesta sobre las reclamaciones, hicieron que Ellis también pidiera sus
pasaportes en diciembre. Las relaciones entre los dos países quedaron rotas.
Jackson instó al Congreso a autorizar una flota para exigir la reparación de
los insultos mexicanos, pero éste optó por nombrar un nuevo representante ante el
gobierno mexicano.
Santa Anna, prisionero, aceptó firmar los Tratados de Velasco con los
texanos. En ellos se declaraban terminadas las hostilidades y el general mexicano
se comprometía a retirar las tropas mexicanas al otro lado del río Grande del Norte
y a pagar toda propiedad o servicio texano utilizado.